POR: Antonio Esteban Agüero

CANTATA DEL ABUELO ALGARROBO

                       I

Padre y señor del bosque,

abuelo de barbas vegetales,

yo quisiera mi canto como una torre

para poder alzarla en tu homenaje;

no el canto pequeño de la flauta

dulce, delgado, suave,

la de cantar la rosa y la muchacha,

sino el canto del mar, un canto grave,

con olores de vida y con el pulso

musical y viviente de la sangre.

Algarrobo natal. Abuelo mío.

Hace mil años la paloma trajo 

tu menuda simiente por el aire

y la sembró donde tú estás ahora

sosteniendo la luz en tu ramaje

y la sombra también cuando la noche

en larga lluvia de luceros cae.

Así naciste. Cuando tú crecías

la región era bosque impenetrable,

con oscuros guerreros que danzaban

junto a los juegos al caer la tarde,

y con nombres diaguitas en los ríos,

sobre todas las bestias y las aves,

en cada hierba, sobre cada cerro,

una tierra sin mapas ni ciudades,

donde dioses sedientos presidían

el cortejo y el rito de la sangre

que vertían pintados hechiceros

para aplacar las cóleras solares.

En tiempo aquél la arena numerosa

que festonea las playas litorales

ignoraba las máscaras de proa,

las amarras y el ancla de las naves,

solo sabía de los pies desnudos

y de la huella digital del ave;

era cuando los ríos conducían

lentas piraguas sobre remos suaves

mas no la ambición del maderero

que asesina al futuro en el obraje

y convierte en silencio de moneda

la rumorosa fiesta de los árboles;

por ese entonces, mientras tú crecías,

algarrobo natal, señor y padre,

la tierra nuestra en libertad vivía

hacia todos los rumbos cardinales,

desde el país del ona y la ballena

hasta el infierno vegetal del Cáncer,

desde el prado que el ceibo ruboriza

a la región que señoreaba el huarpe,

sin conocer ejidos ni parcelas,

ni muro torpe o codicioso alambre,

donde el hombre y la bestia convivían

estrechados por lazos familiares,

y la luna era quilla y el sol Inti,

el día joven y la noche grande.

Así creciste, un día y otro día,

hacia abajo y arriba, penetrante,

con las raíces cada vez más hondas

y la copa más alta y dominante,

en crecimiento que fue dura guerra

sostenida y ganada a cada instante

contra el viento del sur y la sorpresa

del rayo azul y su puñal tajante,

contra el cierzo de julio que traía

los rebaños de nieve trashumantes,

contra la sed en el ardor de enero,

cuando gentes y plantas implorantes

alzan ojos y hojas a las nubes

por si las nubes sus entrañas abren

y la lluvia se vierte generosa

en licor de celestes manantiales.

  

Pero ya tú eres lo que ahora miro

¡Algarrobo natal, señor y padre!

con estos ojos que el amor habita

y los otros secretos de la sangre:

un árbol rey, un árbol solo, el árbol

sin edad en el tiempo y en el aire,

a cuya sombra hace doscientos años

a favor de un designio inescrutable

se fundó mi casona solariega

sobre honrada simiente de linaje.

  

                            II

  

Francisco Antonio se llamó el hidalgo

natural de La Rioja y heredero

de los varones de Castilla clara

que las tierras del indio redujeron

y alegraron de hispanas fundaciones

lo que antes fuera soledoso yermo;

hombres enjutos, con la tez morena,

valinte espada y corazón de hierro,

que llevaban el nombre de María

bordado sobre encaje y terciopelo

y el rampante león en la bandera,

pero también sobre la flor del pecho.

  

Cómo me gusta imaginar los ojos

de aquél mi casi legendario abuelo

y su larga emoción inexpresada,

o expresada tal vez por su silencio,

ante la copa de tremantes brazos

sola y enorme bajo el puro cielo,

sostenida por tronco milenario,

con su forma y color de paquidermo,

donde los años eran llagas ocres

y los siglos arrugas en el leño.

Él quedaría con los labios mudos,

tal como carta que mantiene el sello,

con los ojos en alto y en los ojos

la liviana humedad del sentimiento

cuando el alma es un arco que se estira

y sube y crece y ya no cabe dentro.

  

Él construyó la casa solariega,

casi a la par del algarrobo viejo,

con la greda que nutre las raíces

y con el arte del mejor hornero.

Casa de barro. Luminosa casa.

Antiguo hogar de mi primer abuelo.

En ti quiero cantar la artesanía

y saludar al regional ingenio

que ha poblado de casas la comarca,

casas que son como el materno suelo

levantado en hogar para refugio

del hijo fiel a su destino adverso.

   

La saludo en el barro original

que alienta en todo cuanto cubre el cielo

y que un día entre días nos ofrece 

propicia almohada para en hondo sueño;

la saludo en la cal y su belleza

que llueve luna sobre muros nuevos;

la saludo en la vara y la cumbrera

que son la firme trabazón del techo;

la saludo en la eterna geometría

que conocen el ave y el insecto;

la saludo en la azuela y el martillo

y en el serrucho de cortar el leño;

la saludo en la arena silenciosa

y en la zaranda de metal o cuero

que la mece en vaivenes uniformes

como la madre a su guaguita tierno;

la saludo en la paja popular 

que cobija en verano y en invierno

y silencia las voces de la lluvia

y es como quena cuando corre viento;

la saludo en el ángulo preciso,

en la cuchara de sonoro acento,

en la ley vertical de la plomada,

y en el fletacho de desgaste lento;

la saludo en la llave y la falleba

y en cada clavo de orinoso hierro;

la saludo en la íntima burbuja

que es como el alma del nivel perfecto;

la saludo en el grillo cotidiano,

ángel oculto bajo oscuro insecto,

que deja oír su cuerda en los rincones

donde la araña desenvuelve velos;

la saludo en la lámpara bendita

que derrama su luz como consuelo;

la saludo en la rústica fragancia

de arcones hondos y de pan moreno;

la saludo en la rueca y en el huso;

la saludo en el agua y en el fuego.

   

Francisco Antonio se llamó el hidalgo

fundador del linaje solariego

y constructor de la ruinosa casa,

cuyo apellido es el que yo conservo

y procuro llevar tan limpiamente

como se lleva un burilado espejo

para rostro de rey o de paloma

a través del camino polvoriento...

  

                         III

  

Padre y señor del bosque

¡Catedral de los pájaros!

  

 Voy a decir el nombre de los seres

que visitan tu cielo entrelazado,

con la alegría de alabar amigos

y la emoción de recordar hermanos:

sea el primero la calandria pura

que provoca la luz con su canto,

y ama a la luz como los niños ciegos,

la cigarra estival y los lagartos;

y el hornero, vestido de estameña,

con su traje de monje franciscano,

ágil maestro que enseñó a los hombres

esas artes clarísimas del barro;

y la urpila de cuello femenino,

un si es o no es tornasolado,

donde tiene su asiento la ternura

con su gemido dulcemente cálido;

y la urraca de ingenuo vocerío;

y la torcaza del amor cristiano;

y la leve chirigua mañanera

que se levanta con el sol, cantando;

y el loro verde y la cotorra verde

que conocen idiomas olvidados;

y el cardenal y su orgulloso porte;

y la llaga del pecho colorado

de quien dicen los viejos en la noche,

ante corros de niños provincianos, 

que el chingolo lo hirió con su cuchillo 

allá por los tiempos del milagro;

y el chingolo, social y comedido;

y el rundún, ese diamante alado,

que conduce las cartas de las flores

cuando aquellas se escriben en verano;

y el zorzal de enlutada vestidura,

siempre de pie sobre los gajos altos,

evocando una ardiente melodía

en su pequeño corazón de piano;

y el carpintero, de bonete grana,

que martilla tu leño centenario

cual si buscase apasionadamente

el alma oculta y vegetal del árbol;

y también la viajera golondrina

que conduce un mensaje perfumado

con los pinos del norte y las palmeras

y las olas del golfo mejicano;

y el reimoro de azules albornoces,

príncipe azul sobre la paz del campo,

trinador excelente que domina

registros de tenor y de soprano;

y la viudita de color de nieve,

con el borde del ala ribeteado

de severo negror, que nadie mata

pues la custodia de su dolor callado;

y el cachilote, cobarde ladronzuelo,

y sibarita de yantar holgado,

que perfora los bellos huevecitos

para beberles su interior dorado;

y el crespín con su drama misterioso,

y su persona de fantasma trágico,

que acidula las mieles del estío

con la amargura de su largo llanto;

y el halcón de los ojos avizores,

la pradera y el monte dominando

que es en sí mismo vibradora flecha

guerrero cruel y puntería de arco.

  

Y los otros, los pájaros nocturnos,

que nos miran con ojos afiebrados

y poseen la clave del amauta

para leer los equipos del presagio;

digo el lechuzo de mirar insomne,

ante cuyo chillido destemplado

la joven madre se persigna y reza

y la amada se vuelve hacia el amado;

digo el colcón que pone en tus ojivas

sugerencias de coro gregoriano

y también un horror de brujerías 

en el silencio del grito mágico;

y el atajacaminos, melancólico,

que viene y va como los fuegos fátuos

y suspende el respiro en la garganta

del jinete que pasa y el caballo;

y el alicuco, que presiente el agua,

y que suele imitar en los bañados

la tralúcida tecla de las ranas

y el cristalino clavecín del sapo;

y otro pájaro más, otro nocturno,

por nadie visto pero sí escuchado

hacia el filo y la flor de medianoche,

cuyo nombre se dice: piscu-yaco.

  

Algarrobo natal. Abuelo nuestro.

¡Catedral de los pájaros!

  

                    IV

  

Yo quisiera los plásticos pinceles

y la marea musical del órgano

para pintar y describir el árbol

de la manera que lo ven mis ojos,

con la exacta figura que devuelven

los callados espejos del asombro.

  

Uno camina por sendero agreste

hacia la hora en que la luz de oro

inclínase rosada hacia poniente

y el aire es como un río rumoroso

navegado de esencias campesinas

-hierbabuena cordial, poleo tónico-

con mugidos de bueyes invisibles,

claros cencerros, gallos melodiosos,

voceríos de pájaros, rumores

de rurales faenas, lento coro

de las cigarras en las copas verdes,

súbitos vuelos, piquillines rojos,

la lanceolada esgrima de las cañas

en los maizales de verdor jugoso,

y la madre montaña que vigila

todo el país desde su azul remoto.

  

El sendero prosigue, serpenteado,

túnel de sombra, caracol terroso,

con la verde sonrisa de la recta

y el arbolado ensueño del recodo

hasta dar en un claro de silencio

donde nos crece la emoción de pronto,

pues delante se yergue la presencia

imperial y total del Algarrobo.

  

Ocres reíces surgen de la tierra

como animales de encrespado lomo,

sosteniendo la torre milenaria

todo construida en material leñoso.

  

Siete gañanes por la mano unidos,

catorce niños cuando forman corro

y se enlazan en rondas infantiles,

apenas pueden abrazar el tronco.

  

Y es su corteza como piel de saurio

cuando emerge cubierto por el lodo,

y también como el tacto de la dermis

del megaterio que murió leproso.

  

El ramaje se inserta complicado

y se tiende en un gesto poderoso

como brazos que buscan impotentes

una cosa que asir en el contorno.

  

Viejas ramas que son como tentáculos

de oscuro pulpo; miembros musculosos

de yacente dragón o dinosaurio,

de araña enorme o encantado monstruo.

Yo podría contarlas, si quisiera,

una por una y apagar mis ojos

con la venda y el frío de la cifra,

pero prefiero contemplar gozoso.

  

Y decir que la sombra que derrama

como lluvia de paz el algarrobo

puede cubrir una pequeña plaza,

proteger un rebaño numeroso,

cobijar una tropa de carretas,

y un regimiento con vivac y todo.

  

Y gustar la fragancia indefinible

que nos circunda totalmente como

si ella fuese una túnica fragante

que nos ciñera desde el pie a los hombros;

claro olor de las ramas sumergidas

en el mar de la luz, olor del oro

entre las vayas y su miel madura,

agrio olor de sus pájaros hermosos,

divino olor de su millón de hojuelas,

olor de estrellas y de cielo solo,

duelce olor nacional de bosque nuestro,

olor del verde y su misterio umbroso,

noble olor a resina de madera,

olor de sol en la vejez del tronco...

  

Ah, yo quise los plásticos pinceles

y la marea musical del órgano

para pintar y describir el árbol

de la manera que lo ven mis ojos,

pero no tuve nada más que esto:

el verso gris y el remontado asombro.

  

                            V

  

Ahora canto la dicha que derramas

¡Algarrobo natal, Abuelo mío!

sobre la gente que a tu vera vive,

en todo tiempo, con calor o frío,

ora sea en la pausa del otoño,

ora en la fiesta del frutal estío.

  

La primera la dicha de tu sombra,

clara limosna de perene abrigo,

donde es grato sentarse en la mañana

o por la tarde, con el mate amigo

que serena las olas de la frente,

alimenta la flor del optimismo,

nos enseña a vivir con esperanza

y nos vuelve cordiales y tranquilos.

  

Sombra del árbol, transparente sombra,

casi impalpable como un velo fino

o la leve caricia de la nube,

o la queja que fluye en el suspiro,

algo tan puro, delicado y manzo

como el sueño de un pájaro dormido

o la entraña del agua en la vertiente

y cuyo elogio me estrará prohibido

mientras yo sea nada más que un hombre

y no posea un corazón de mirlo.

También canto la Dicha de los frutos

sabiamente enrulados y amarillos,

que por enero cuando el día extiende

su bandera solar sobre los nidos

tórnanse dulces, con dulzor silvestre

de roja miel de camuatí escondido.

Vainas de oro, pan de la pobreza,

don de los cielos, misterioso trigo,

alimento de bueyes y caballos

y golosina de los niños ricos.

  

Nombro el patay, de granuloso gusto,

que se elabora según modo antiguo:

machacando la fruta en la conana

y traspasando por cedazo fino;

nombro la aloja, refrescante y rubia,

que se guarda en un cántaro rojizo

a la hora más alta de la siesta 

para que acendre su fragante frío;

nombro la añapa, de beber con leche,

que engorda a la madre y al chiquillo.

  

También digo la dicha de la leña

que es en el fuego acontecer divino

y revive la flora deslumbrante 

que alegraba el jardín del paraíso:

el fuego azul, el fuego rojo, el fuego

que posee las llaves del estío

y levanta a la muerta primavera

de entre los hielos de cristal pulido.

  

                          VI

  

Padre y Señor del bosque.

Abuelo de barbas vegetales.

  

Algarrobo natal. torre del cielo.

Monumento y estatua del follaje.

Hijo del sol y de la tierra unidos.

Corona real para la sien del aire.

Árbol de luz. Espejo de los siglos.

Dios vegetal de corazón fragante.

  

Así yo quiero terminar la oda,

asistido por los ángeles del canto:

Algarrobo natal, Abuelo nuestro,

¡Catedral de los pájaros!