POR: ANTONIO ESTEBAN AGÜERO

DIGO EL MATE

Porque sabado es hoy y la mañana 

como una fruta desde el tala cae,

soy joven y sano, y me navegan 

tradiciones y música la sangre,

quiero ser otra vez entre vosotros

para decir y celebrar el Mate.

  

De Guarania nos vino con la Yerba

que resume fragancias tropicales,

y ese barro de América que un día 

vio que llegaban sigilosas naves,

con cadenas, y perros, y arcabuces, 

y duras voces vulnerando el aire;

Verde Yerba de América, divina

como todas las cosas naturales;

Santa Yerba de América, sembrada

por quién hizo los ríos y las aves,

y tendió la llanura hacia naciente,

y hacia poniente levantó los Andes,

y la Coca sembró para los Quichuas,

y el Algarrobo para el pan del Huarpe.

  

Yo era niño -recuerdo- y la primera

memoria verde se remonta al Mate,

en mi casa de Merlo, donde el día 

comenzaba a girar cuando mi Madre

sorprendía el hervor de la tetera

entre volutas de vapor quemante:

Y era luego de la lenta ceremonia,

vieja suma de gestos y ademanes,

aquel ir y venir de la cuchara,

la visión del azúcar,  el fragante 

esplendor de la Yerba, la bombilla

con doradas virolas y espirales,

y el porongo de plata que tenía

curva de seno adolescente y grácil, 

y cobraba, de pronto, en la penumbra 

nítida luz de religioso cáliz;

Ubre dulce me fue, mi vino verde,

mi pan primero, mi nodriza amante.

  

Yo recuerdo sus íntimos sabores,

y también sus diversas variedades:

Dulce Mate del alba que se bebe

amorosamente en el emprender de un viaje,

en la puerta de mi casa miro

entre neblinas despertar el valle;

y aquel mate primero del retorno 

por la sombra con grillos de la tarde,

que nos vuelve liviana la fatiga

sobre los hombros como un ala de ave;

y ese Mate que beben los Troperos

cuando regresan de Salinas Grandes;

y ese Mate nocturno que me diera

una muchacha cuya boca suave

daba un beso primero a la bombilla

como manera de poder besarme;

y aquel Mate gustado en la cocina,

escuchando al anciano Magallanes,

dibujar sobre el humo las historias

del niño Ladino y de Urdemales;

y aquel Mate que sabe a bergamota

que el que a mastuerzo y mejorana sabe;

y el que guarda memoria del husillo;

y el que una gota de aguardiente trae;

y ese Mate gustado en la penumbra

que conforman higueras y nogales,

mientras crece la siesta, y la cigarra 

el masculino corazón me tañe;

y aquel Mate de bodas, con su gusto

a rama nueva, a porvenir, a encaje;

y ese Mate bebido en Carolina;

y el que bebí en la Sierra El Gigante;

y el que un día me dieron en Trapiche;

y el que supe gustar en Rumi-Huasi;

y aquel fúnebre Mate que bebimos 

en el velorio de Adelaida Chávez,

lamentando su muerte y admirando 

su juventud de porcelana frágil...

  

Pueblo somos por Él; desde centurias 

su costumbre nos forma, como sabe

modelar un cacharro el alfarero

con la destreza de su mano suave;

Él nos dió , generoso, las virtudes

que entrelazan raíces esenciales

en el nudo del ser, y nos perfilan;

un idéntico rostro innumerable;

porque en Él se juntaba la Familia.

como el agua diversa sobre el cauce,

y al juntarse quebraba el egoísmo,

el monólogo torpe, las cobardes 

galerías del odio, y freutecía 

sobre mazorcas de granar afable;

y nos fue profesor de democracia,

a pesar de los hierros coloniales,

porque supo igualar en en la bombilla 

la sed del Hijo con la sed del Padre,

el dolor  de la criada y la señora,

la hartura del rico con el hambre

milenaria del pobre, de tal modo,

que supimos medir en lo que vale

la celeste razón que nos convierte

en ciudadanos civilmente iguales.

  

Y por qué no decir las Cebadoras,

que vestidas de sedas o percales,

o calzadas de tímida alpargata,

o con zapatos de charol brillante,

bajo el sol y la luna de la Vida

supieron darme los mejores mates;

viejas eran algunas, con el rostro

a corteza del molle semejante,

lindas eran algunas, otras feas,

desgarbadas, coquetas, elegantes,

con cabello retinto como el ala

voladora de tordos y zorzales,

o teñido por el leve plenilunio,

o lo mismo que sombra de trigales,

pero en todas igual se prodigaba

la gracia criolla como miel amable.

  

Sólo nombres conservo, como guarda

de las flores su olor el caminante:

Doña Mercho Cornejo, Lola López,

Francisca Cuello, Evangelina Páez,

Reginalda Lucero, Pancha Orozco,

Adelina Yanzón, Rosario Báez, 

Clara Chirino, Petronila Gómez,

Minerva Leyes -prima de mi padre-

Doña Delia Baigorria, Doña Isaura, 

Sara Bedoya, Encarnación Morales,

y una anónima joven de la Punilla,

y la por siempre recordada Carmen.

  

¿Por dónde andarán ahora que les digo,

y las vuelvo una esencia para el Arte?

¿Cuál cocina gobiernan?¿Que alacena

acomodan y limpian?¿Que zaguanes

las contemplan barrer por la mañana

con las escobas de pichana?¿Cuáles

los arcones que ordenan en domingo?

¿Qué chirigua las oye entre los sauces?

¿Dónde sueñan, o lloran?¿Dónde ríen?

¿Bajo cuál piedra con su nombre yacen?

  

De repente me callo porque siento

una voz que me nombra, y acercarse,

sobre un tímido andar y una mirada, 

cálido, y dulce, y nacional, el Mate...